La contravoz. La voz negadora, la crítica, la que te hace dudar, la que rompe con todo lo establecido.
Esa voz siquiera tiene la particularidad de romper el silencio del auditorio, la de cambiar la atención del público en ese auditorio hipnotizado por la palabra única. La expresión contraria desafía, es un grito en la montaña donde luego se podrán percibir sus ecos, como diferentes representaciones de entidades.
Cada vez somos más los que gozamos con el derecho a escuchar, pero cada vez debemos ser muchos más lo que gocemos del derecho a opinar, de ser escuchados.
A la dictadura de la palabra se la combate con táctica de la guerra de guerrillas. No hay que ser experto para saber que la expresión siempre fue la mejor arma para cualquier batalla, para la lucha estratégica, porque no se compra en ningún boliche y su onda expansiva es peor que la más sofisticada arma nuclear.
Una nueva valoración, un nuevo discurso, una nueva hegemonía de la palabra. Distinta a la establecida, ni mejor ni peor, sólo disconforme u opuesta a la oficial. Sólo otra valoración cargada con otras significaciones.
Sin embargo, son necesarias e imprescindibles muchas contravoces, una multiplicidad de palabras cargadas con distintas valoraciones pero nunca el silencio, la no expresión no es bienvenida.
Luego de un tiempo la contra voz pasará a formar parte o a convertirse nuevamente en voz oficial, y aquí es donde nuevamente aparecerá un ruido en la frecuencia, la duda, el reproche una nueva apreciación y un análisis distinto que rompe nuevamente todo lo establecido.
Desconcentrar y democratizar la propiedad de la palabra favorecerá la protección del bien sagrado, a los mal remunerados trabajadores de la significación y nos otorgará el derecho universal de la libre expresión.
El desafió está abierto, pero recién comienza, el futuro es nuestro y la puerta ya está abierta con la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual 26.522

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