Luego de la memorable visita de Rubén Darío en 1893, un grupo de escritores, estimulados por la difusión que alcanzó el modernismo y la jerarquización profesional que entonces se vivía, impulsó un movimiento que pronto lo calificaron de bohemio.
Sus largas trasnochadas tertulias en cafés, restaurantes públicos, hoteles, casas de familia o paseos públicos los mostraban como tal.
Del mismo modo, los “nuevos intelectuales” se encontraban insertos en un medio que no consideraba sus aspiraciones éticas y estéticas. Además, experimentaban las consecuencias del incipiente proceso de profesionalización del escritor y de la aparición de una industria cultural, que comenzaba a ser explotada ávidamente por el periodismo. Vertiginosamente, comenzaron a surgir, en gran abundancia, las publicaciones literarias.
Así, la literatura cumplió entre nosotros una misión eminentemente pedagógica en lo político y social, distinta de la que contemporáneamente se desarrollaba en Europa. Las letras estaban separadas del Estado. Aquí la bibliografía era patrimonio de políticos intelectuales surgidos de núcleos del poder o vinculados con una oposición que compartía los valores dominantes.
Rápidamente, las nuevas generaciones insinuaron distintas formas de interpretación de la realidad argentina, no sólo en las publicaciones sino también mediante las formas incipientes de la cultura popular, emanadas tanto de los circos criollos como del sainete.
La poesía se debatía entre la tradición y la vanguardia, y empezaban a destacarse nuevas voces.
Después de 1920 se enfrentaron dos grupos literarios, Boedo y Florida, designados con nombres de calles que revelaban su origen y preferencias.
En este período, el radicalismo, el socialismo y el anarquismo, entre otros, desempeñaban un papel dinamizador y transformador no sólo en las corrientes políticas sino también en las literarias.
Con las generaciones siguientes nacía en la Argentina un nuevo tipo de escritor que a través de la bohemia, del alcohol y de la broma había desmitificado a los patriarcas de las letras, pudo vincularse con las nuevas corrientes de la literatura universal y, de este modo, dirigir una mirada renovadora a las distintas expresiones culturales de la Argentina.
Por otra parte, toda ciudad suele tener su secreto código lingüístico y gestual. La capital de la Argentina no escapó a esta regla. El encuentro del tango con la palabra, el descubrimiento del “verbo”, por así decirlo, fue un suceso típicamente porteño. Porque la palabra pertenecía al lunfardo, típico lenguaje de los sectores de Buenos Aires.
Hoy por hoy, hay muchos que se preguntan “¿dónde están los verdaderos templos del tango: “El Nacional”, el “Marzotto”, “El Parque”, “Los Andes” y los cabarets el “Chantecler”, el “Royal Keller”, el “Casino Pigall” y muchos otros?”.
Hay otros que culpan a la irrupción del cine o al nuevo concepto de comercial gastronómico que fue desplazando el gran salón donde la gente tomaba un café y escuchaba durante horas a sus favoritos, por lugares de servicio rápido o pizzerías.
Ya comenzamos un nuevo siglo y una nueva invasión cultural globalizadora nos somete. Consideramos que es tiempo de invertir en nuestra cultura y dejar emerger los valores arraigados que identifican dentro y fuera a la Nación.

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